Priest blessing wounded soldier during wartime, symbolizing faith and compassion.

Extremaunción: La Iglesia en el umbral

Hay un momento en la vida en el que la mayoría de la gente no quiere pensar.

El momento en que las fuerzas se desvanecen.
Cuando se nos escapa el control.
Cuando lo que nos depara el futuro ya no está en nuestras manos.

La Cuaresma comienza recordándonos algo que a menudo tratamos de evitar:

“Polvo eres, y al polvo volverás.”
(Génesis 3:19)

Esa verdad no pretende asustarnos. Su propósito es prepararnos.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos no afrontaron ese momento solos.


El comienzo de la práctica

La Carta de Santiago ofrece una de las instrucciones más claras:

“¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los ancianos de la iglesia, y que oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.”
(Santiago 5:14)

Esto no era lenguaje simbólico. Era una práctica.

Los ancianos —lo que hoy entendemos como sacerdotes— eran llamados para visitar a los enfermos, orar por ellos y ungirlos.

James continúa:

“La oración de fe sanará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados.”
(Santiago 5:15)

Desde el principio, la Iglesia comprendió que este momento implicaba tanto sanación como perdón.

Ni una cosa ni la otra.

Ambos.


Lo que aporta la Iglesia

Con el tiempo, esta práctica se convirtió en lo que ahora llamamos la Extremaunción.

No es un solo sacramento.

Es una reunión de tres:

  • Confesión — para que nada quede sin resolver
  • Unción de los enfermos — para obtener fuerza, paz y gracia
  • Viático (la Eucaristía) — alimento para el viaje final

La palabra viático significa exactamente eso: provisión para el viaje.

La Iglesia no envía a una persona a la muerte con las manos vacías.

Ella los envía con Cristo.


La Iglesia Primitiva

La Iglesia primitiva se tomó esto muy en serio.

Escritos de los primeros siglos muestran que los cristianos eran ungidos cuando estaban enfermos y la comunidad oraba por ellos. El aceite, que ya era un signo de sanación y consagración, se convirtió en una señal visible de que Dios estaba presente incluso en la debilidad.

No existía la sensación de que el sufrimiento significara abandono.

No existía la sensación de que la muerte significara separación.

Cristo ya había entrado en ambos.


Lo que no ha cambiado

Hoy en día, muchas personas asocian la extremaunción únicamente con los últimos momentos de la vida.

Pero la Iglesia siempre lo ha entendido de forma más amplia.

El Catecismo afirma:

“La unción de los enfermos no es un sacramento solo para aquellos que están al borde de la muerte.”
(CCC 1514)

Se administra siempre que comienza a manifestarse una enfermedad grave o debilidad.

Pero cuando la muerte se acerca, la Iglesia reúne todo.

No se deja nada sin hacer.

No se deja nada sin decir.


La silenciosa realidad

Hay algo diferente en este momento.

Es más silencioso que los demás.

No hay multitudes.
No habrá procesiones.
Ninguna celebración externa.

Llega un sacerdote.

Él reza.
Él unge.
Él da la Eucaristía.

Y en ese silencio, sucede algo real.

Se otorga fuerza.

La paz se instala.

A veces se produce una curación física.

A menudo hay algo más profundo: una disposición, una calma, un regreso.


El significado del momento

Cristo no evitó el sufrimiento.

Él entró en ella.

No se mantuvo alejado de la muerte.

Él lo atravesó.

Por ello, los últimos momentos de la vida ya no están vacíos.

No son simplemente un final.

Se convierten en un lugar de encuentro.

San Pablo escribe:

“Si hemos muerto con él, también viviremos con él.”
(Romanos 6:8)

No se trata de una promesa lejana.

Es la realidad que la Iglesia presenta a los fieles en sus últimos momentos.


La Cuaresma y el Regreso Final

La Cuaresma nos trae hasta aquí.

Comienza con las cenizas y avanza inexorablemente hacia la Cruz.

En el camino, se nos recuerda:

No tenemos el control.
No somos autosuficientes.
No somos una empresa permanente.

Y sin embargo, no estamos abandonados.

Los sacramentos lo revelan paso a paso.

El bautismo marca el comienzo de la vida en Cristo.
La confesión lo restaura.
La Eucaristía la nutre.
La confirmación lo refuerza.
Las Sagradas Órdenes lo sirven.

Y al final—

La extremaunción lo encomienda de nuevo a Dios.


La iglesia permanece

En el momento final, cuando todo lo demás se desmorona, la Iglesia no retrocede.

Ella se acerca.

Ella trae la oración.
Ella trae el perdón.
Ella trae aceite.
Ella trae a Cristo.

No como recuerdo.

Pero como presencia.


La Cuaresma no se trata de volver al pasado.

Se trata de volver a Dios.

Y en el último momento, la Iglesia se asegura de que ese regreso no se produzca en solitario.


Referencias

Sagrada Escritura
Santiago 5:14–15
Génesis 3:19
Romanos 6:8

Catecismo de la Iglesia Católica
CCC 1499–1532

Testimonio de la Iglesia Primitiva
Hipólito, Tradición Apostólica (c. 215 d. C.)
Orígenes (referencias a la unción en el siglo III)


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