Al responder a esta consigna de escritura que preguntaba,
“¿Puedes compartir algún momento en el que te hayas sentido querido?”
Y me encontré deteniéndome en esa pequeña y ordinaria palabra: poder.
Por supuesto que puedo.
Pero esa nunca fue realmente la cuestión.
Lo que realmente preguntaba la consigna no era sobre la capacidad, sino sobre la voluntad. Y tal vez incluso sobre si esa historia debería compartirse en absoluto.
Esa sola palabra me transportó a mi infancia, a los teléfonos fijos que sonaban y a la enseñanza de que no se decía "¿Puedo hablar con fulano?", sino "¿Me permiten hablar con fulano?". No porque alguien dudara de tu capacidad para hablar, sino porque te enseñaban a preguntar con respeto.
Te estaban enseñando a reconocer que la otra persona tenía opciones y que tenía valor.
Cuando le pedimos a alguien que comparta un recuerdo, un sentimiento o un fragmento de su historia, no le pedimos algo sencillo. Le pedimos acceso a su vida interior, a sus recuerdos, a quién es. Eso merece más que eficiencia. Merece más reverencia que la palabra poder Permite. Merece permiso, no suposición.
Vivimos en una época en la que las palabras se usan de forma muy informal.
Enviamos mensajes de texto en lugar de escribir.
En lugar de detenernos, leemos por encima.
Preguntamos rápidamente y seguimos adelante.
Nada de esto pretende ser grosero. Pero el lenguaje moldea nuestra forma de relacionarnos, y con el tiempo, las preguntas informales pueden convertirse silenciosamente en apropiación informal y en una disminución del valor de las cosas.
La elocuencia no consiste en sonar impresionante, sino en hablar de una manera que transmita conciencia.
Conciencia de que:
- No es necesario que otra persona nos dé acceso
- Sus historias no son contenido a la carta.
- Sus sentimientos no nos son debidos porque los pedimos
Cuando hablamos con respeto, honramos. Y cuando honramos, nos recordamos a nosotros mismos y a los demás que su presencia tiene peso, que su vida merece reverencia, que no son meros personajes pasajeros en nuestra propia historia.
Quizás por eso ciertas palabras aún captan nuestra atención. Por qué un simple "¿puedes?" puede parecer insuficiente para lo que realmente se pide. Por qué algo en nosotros todavía escucha "¿puedo?", no como una regla gramatical, sino como una actitud.
No porque añoremos las viejas reglas, sino porque no queremos olvidar cómo tratarnos con amabilidad.
En un mundo que se mueve a toda velocidad y habla con ligereza, elegir un lenguaje reflexivo se convierte en un acto silencioso de respeto y amor. Una forma de decir: eres lo suficientemente importante como para que te pregunte con cariño.
Y esa puede ser una de las maneras más sencillas de recuperar un poco del honor que nuestra cultura apresurada sigue perdiendo.


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