A teenage boy in 1890s clothes sits high in an autumn cherry tree behind a barn, gazing across golden fields at a soft evening sky.

Un sí silencioso en un cerezo

Algunos de los momentos más importantes de la vida son muy silenciosos.

No había público. No había música. Nadie aplaudía.

Solo tú y un pensamiento que no te deja en paz.

Robert Goddard nació un día como hoy, 5 de octubre de 1882. Creció en Worcester, Massachusetts. De niño le encantaba leer, trastear con cosas y preguntarse cómo funcionaban.

Cuando tenía diecisiete años, tenía una tarea que hacer.

Era el 19 de octubre de 1899. Detrás del granero familiar se alzaba un alto cerezo. Algunas de sus ramas estaban secas. Así que Robert cogió una sierra y un hacha y se subió para podarlas.

Eso es todo. Un niño. Un árbol. Una tarea.

Pero la tarde fue encantadora. Años después, escribió sobre ella con sus propias palabras:

“Era una de esas tardes tranquilas y coloridas de pura belleza que tenemos en octubre en Nueva Inglaterra, y mientras miraba hacia los campos al este, imaginé lo maravilloso que sería crear algún dispositivo que tuviera siquiera la posibilidad de ascender a Marte.”

Había estado leyendo historias increíbles sobre el espacio en el periódico. Ahora, allá arriba en las ramas, una de esas historias se convirtió en una pregunta. ¿Y si fuera posible? ¿Y si él pudiera hacerlo?

Nadie lo oyó pensar eso ni le dio ningún premio. Simplemente se sentó allí, con los campos abajo y el cielo arriba, y algo en su interior se tranquilizó.

Luego escribió la parte que más me gusta:

“Yo era un niño diferente cuando bajé del árbol que cuando subí, pues la existencia por fin me pareció muy útil.”

“Con propósito” es una palabra anticuada. Significa «tener un propósito». Subió un niño con una sierra. Bajó un niño que sabía para qué servía su vida.

Jamás olvidó aquel día. Llevaba un diario y nombró el 19 de octubre su “Día del Aniversario”. Año tras año, lo conmemoraba. En 1926, construyó y lanzó el primer cohete propulsado por combustible líquido. Pero el verdadero comienzo fue aquella tranquila tarde, mucho antes de que nadie supiera su nombre.

Quizás hayas tenido un momento así.

Tal vez sucedió en la mesa de la cocina. O en un jardín. O en un largo viaje en coche, o en el último banco de una iglesia, o mientras tus manos estaban ocupadas con algo pequeño.

No estabas tratando de encontrar tu propósito. Simplemente estabas haciendo lo de siempre. Y entonces, poco a poco, algo se hizo evidente.

Esos momentos son fáciles de pasar por alto porque no llaman la atención ni vienen con un cartel. Pero importan.

Hoy también se conmemora a Santa Faustina Kowalska, una religiosa polaca que llevaba un diario. En él anotaba sus oraciones y sus reflexiones íntimas con Dios. Era una persona sencilla y reservada, y sus páginas personales han conmovido a personas de todo el mundo. La Iglesia la recuerda hoy, y su vida nos recuerda que los momentos de fe, aunque sean íntimos, nunca se desperdician.

Aquí les dejo un pensamiento amable para su lunes.

Presta atención a los pequeños momentos de quietud. Anótalos si puedes. Una línea en un cuaderno. Una nota al margen. Unas pocas palabras que te alegrarás de encontrar dentro de unos años.

Puede que aún no sepas para qué sirve el tuyo. No pasa nada.

Adelante, sube al árbol. Haz la siguiente pequeña cosa.

Y cuando llegue el silencio, déjalo hablar.


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Comentarios

2 respuestas a “A Quiet Yes in a Cherry Tree”

  1. Hermoso

    1. Gracias. ¿Llevas un diario? Sí. Ahí es donde empiezo a escribir.

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