A veces nos movemos por los lugares que nos rodean con tanta familiaridad que dejamos de verlos realmente.
No porque hayan perdido significado, sino porque se han integrado tan perfectamente en nuestra rutina diaria. El camino que recorremos sin pensarlo. El parque que pasamos de largo. Ese pequeño rincón de la ciudad que antes parecía lleno de posibilidades y ahora simplemente se siente… ordinario.
Así que, en lugar de preguntar qué lugar cercano no he explorado nunca, surge una pregunta diferente:
¿Qué lugar cercano a mí he dejado de notar?
Quizás sea un camino que una vez amé pero que ya no recorro.
Una vista que ya no me detengo a admirar.
Un edificio repleto de historias por el que paso como si estuviera en silencio.
Familiar no significa vacío.
Simplemente significa que el regalo se ha vuelto cómodo.
La invitación de hoy no tiene que ver con planear una salida.
Se trata de prestar atención.
Volvamos a observar lo que ya nos rodea.
Permitir que esos lugares cotidianos que silenciosamente albergan nuestras vidas vuelvan a cobrar protagonismo.
Y en esa observación atenta, recordamos que la maravilla no siempre se encuentra en algún lugar lejano.
A menudo está aquí mismo, esperando a que estemos presentes.


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