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Un suave sentimiento de pertenencia | Una reflexión de Nochevieja

He estado pensando en la idea de volviendo a casa.

No solo un hogar, sino los muchos lugares en los que vivimos a lo largo de nuestra vida: los lugares que nos dan cobijo, nos moldean y nos enseñan a pertenecer. Hogares en los que crecimos. Hogares a los que regresamos año tras año. Hogares que construimos, pedimos prestados, alquilamos o que solo tuvimos por una temporada. Cada uno tenía su propio ritmo, su propia manera de decir, Eres bienvenido aquí..

Algunos hogares rebosaban de voces y comidas compartidas. Otros eran más silenciosos, acogiéndonos en momentos en que la vida nos pedía bajar el ritmo. Algunos se sentían arraigados y duraderos, otros ligeros y temporales. Sin embargo, todos eran hogares de verdad. Todos nos brindaron algo que necesitábamos en ese momento.

Lo que perdura no es solo el lugar en sí, sino la sensación de ser recibidos. Saber dónde estaban las cosas sin pensarlo. Sentarse en un silencio familiar. Llegar sin dar explicaciones. Estos hogares nos brindaron una sensación de arraigo, una manera de estar presentes sin necesidad de demostrar nada.

Con el tiempo, empezamos a notar algo más.

¿Alguna vez has sentido esa pequeña y sutil sensación —incluso en los hogares que más amabas— de que algo no estaba del todo completo? No es que estuviera mal. No es que estuvieras infeliz. Simplemente no era perfecto. Un leve empujón. Una suave intuición de que existía algo más, incluso estando completamente a gusto en casa.

Y aun así, estabas en casa.

Quizás no sea el olor, ni la vista, ni siquiera un recuerdo específico lo que nos trae nostalgia. Al rememorar el pasado, este sentimiento suele surgir sin una razón clara. No se trata tanto de un lugar o un momento, sino más bien de un suave reconocimiento: el recuerdo de haber estado en un lugar seguro, aunque no podamos precisar dónde.

En todos los hogares que hemos conocido, hay una sensación similar que se repite de vez en cuando. Momentos en que la vida parecía tranquila. Cuando estábamos presentes sin esfuerzo. Cuando el amor era cercano y no había nada que explicar. Esos momentos no pertenecen a una casa ni a una estación. Pertenecen a la conexión.

Porque bajo los recuerdos, hay algo constante. Un recordatorio de presencia. De relación. De ser conocido y acogido, no a la perfección, pero sí con sinceridad. Ese tipo de pertenencia que no se desvanece ni se desvanece con el paso del tiempo.

Y cuando nuestros pensamientos se dirigen hacia nuestro hogar con nuestro Padre Celestial, no se siente distante ni pesado. Se siente familiar. Como una calidez que ya hemos experimentado en pequeños detalles. No es el fin del miedo, sino una presencia en la que confiar.

En una noche en la que nos encontramos suavemente entre años, ese es un pensamiento reconfortante.

Que todas las casas que hemos amado eran reales.
Que todos los momentos importaban.
Y que la tranquila alegría que sentimos ahora no es algo que se nos escapa, sino algo que espera pacientemente para recibirnos.

Indicación diaria para escribir
¿Qué te produce nostalgia?

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