
Existe una fábula de Esopo en la que un león deja ir a un pequeño ratón de campo después de que este le suplicara por su vida. El ratón le rogó al león que le perdonara la vida y le prometió que acudiría en su ayuda si alguna vez la necesitaba. El león se rió ante la posibilidad de que un ratoncito pudiera acudir en su auxilio, pero, de buen humor, lo dejó ir de todos modos.
Según cuenta la leyenda, el león cayó en una trampa tendida por un hombre. Gemía y decía que pronto moriría a manos de un poderoso guerrero. Intentó con ahínco escapar, pero no pudo, pues estaba completamente atrapado.
Fue entonces cuando un ratoncito, que correteaba por el bosque, oyó el rugido del poderoso león. Se dio cuenta de que el animal estaba muy angustiado, con gemidos que rompieron la quietud del bosque. El ratón sabía que pronto atraería la atención de los depredadores. Por el rugido del león, supo que había sido él quien le había perdonado la vida.
Con gran bondad y sabiendo que le había prometido ayudarlo, el ratón se acercó al león y comenzó a roer las cuerdas. El león le dijo al ratón que era un animal poderoso y que no entendía cómo podía rescatarlo. El ratón siguió trabajando hasta liberar al león. A partir de ese momento, ambos acordaron que, sin importar el tamaño, lo que importaba más era la voluntad y la capacidad de marcar la diferencia.
Así como el ratón ayudó al león, podemos ayudarnos mutuamente a superarnos. Al observar a la Madre Teresa de Calcuta, vemos ese mismo deseo de ayudar a los demás, sin importar cuán insignificantes parezcamos. Ella vivió cada día al máximo, ayudando a quien podía. Finalmente, logró marcar una gran diferencia en este mundo. Nosotros también podemos hacerlo si nos lo proponemos.


Deja un comentario